"Somos a un tiempo demasiado cultos y demasiado críticos, demasiado sutiles intelectualmente y demasiado interesados por los placeres exquisitos, para aceptar cualquier especulación sobre la vida a cambio de la vida misma".

Oscar Wilde.

"En mi religión no habría ninguna doctrina exclusiva; todo sería amor, poesía y duda. La vida humana sería sagrada, porque es todo lo que tenemos, y la muerte, nuestro común denominador, una fuente de reflexión. El Ciclo de las Estaciones sería celebrado rítmicamente junto con las Siete Edades del Hombre, su Hermandad con todos los seres vivos, su gloriosa Razón, y sus sagradas Pulsiones Instintivas".

Cyril Connolly






jueves, 30 de octubre de 2025

Paracelso: dame veneno que no quiero morir.

Felipe Aureólo Teofrastro Bombast de Hohemheim, quiso llamarse a sí mismo Paracelso, en la doble creencia de que estaba por muy encima del médico romano Aulio Cornelio Celso y de que, y esto es una ocurrencia, su nombre sería más fácilmente memorable. Fue un médico alquimista suizo del siglo XVI que escribió un tratado sobre la impostura de los médicos titulado “El laberinto de los médicos errantes”, probablemente pensando en algún sector de la sanidad andaluza.

Fue un genio pintoresco, elocuente, díscolo, estrafalario, litigante, moderadamente dipsómano y supuestamente emasculado. Tuvo una vida errante, pero no en el sentido aquél del yerro médico, sino en el del más absoluto nomadismo: nació en Einsiedeln, estudió en Colonia y en París, se doctoró en Ferrara, enseñó en Estrasburgo, gano la cátedra en Basilea y ejerció la medicina en Salzburgo, lugar a todas luces mal elegido porque allí finalmente moriría; pero también viajo por Inglaterra, Egipto, Turquía y nuestra querida España.

Se mostró abiertamente partidario de la medicina hipocrática, y sus mistificación de los cuatro humores, y enemigo acérrimo de las enseñanzas de Galeno, verdadero fisiologista que impulsó la ciencia médica, denostando así la importancia de la anatomía y la cirugía. Hoy podría ser el santo patrón de los que creen aún en la medicina espagírica: mezcla de energías cósmicas y de brebajes herbosos. A juicio de Escohotado, su trabajo supone “un puente entre la alquimia y la iatroquímica”, pues fue precursor de la farmacología sin dejar de estar profundamente imbuido aún de creencias esotéricas respecto a la materia. Es sabido que Goethe se inspiró en Paracelso para crear su personaje Fausto.

Sostuvo que la más elevada de la ciencias es la medicina, porque procura bienestar y promueve la felicidad, e introdujo novedosas y refinadas técnicas de curación en una época donde era común cauterizar heridas con aceite hirviendo o amputar miembros gangrenados. Pero creía asimismo que la ciencia médica tenía que ser auxiliada por la filosofía, la astrología y la teología. El hombre, como la propia medicina, presenta tres dimensiones: por su cuerpo visible participa del mundo terrestre, por su cuerpo astral lo hace del mundo celeste o sideral, y por su alma inmortal se implica en el ámbito divino o ideal. Imaginen el mejunje protocientífico derivado de esta triple mezcolanza. No hará falta si atienden a los cinco posibles factores que, según él, son causantes de la enfermedad: la constitución heredada, la acción tóxica de los alimentos, ciertos factores anímicos, la voluntad divina y la acción de los astros.

Su lema archifamoso, aplicable también a las personas, fue “toda sustancia constituye, según la dosis, un remedio o un veneno”, que presenta su variante en otro apotegma menos conocido “ lo que enferma también cura” (entiendo que éste último inspiró a Hölderlin cuando sentenció aquello de “allí donde crece el peligro, crece también lo que nos salva). Curiosamente, sostuvo que la sustancia más benéfica , en sentido lato, como analgésico y anestésico era el opio (de hecho, fue el inventor del láudano). Solo por esto debería ser venerado por los poetas adictos decimonónicos y, en buena medida, por la moderna medicina, aunque es probable que justo por eso sea sacrificado en el altar de la más ignorante mojigatería.

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