"Somos a un tiempo demasiado cultos y demasiado críticos, demasiado sutiles intelectualmente y demasiado interesados por los placeres exquisitos, para aceptar cualquier especulación sobre la vida a cambio de la vida misma".

Oscar Wilde.

"En mi religión no habría ninguna doctrina exclusiva; todo sería amor, poesía y duda. La vida humana sería sagrada, porque es todo lo que tenemos, y la muerte, nuestro común denominador, una fuente de reflexión. El Ciclo de las Estaciones sería celebrado rítmicamente junto con las Siete Edades del Hombre, su Hermandad con todos los seres vivos, su gloriosa Razón, y sus sagradas Pulsiones Instintivas".

Cyril Connolly






miércoles, 9 de febrero de 2011

Victor Klemperer - Literatura universal y literatura europea


La vida de Víctor Klemperer (1881-1960) estuvo puntuada por la doble humillación de ser judío en la Alemania nacional-socialista, y de amar la cultura alemana en la época de su más formidable banalización. Como consecuencia de esa primera mancilla, hubo de renunciar en 1935, merced a las promulgadas leyes antisemitas, a la cátedra que detentaba como profesor de lenguas románicas en la Escuela Técnica Superior de Dresde. Pero también fue objeto de aquellas consabidas marginaciones que privaban de los bienes materiales a los judíos, al tiempo que, expatriándolos al gueto, alentaban públicamente todo tipo de vejaciones morales. De todo esto supo Klemperer vengarse en su fuero interno escribiendo un Diario, del que extrajo después, tras la caída del Reich, el material para escribir, como resarcimiento público, su Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen, notable obra donde ridiculiza, con la fina ironía del filólogo, la retórica propagandística subyacente a las deformaciones de la lengua alemana operada por los nazis para inocular aquellas ideas peregrinas con la que poder idiotizar, para luego subyugar, a las masas (y que bien pudiese haber servido de base a la angustiosa parodia que acometió George Orwell contra el lenguaje de los sistemas totalitarios en su archiconocida novela antiutópica 1984).


Presumimos, pues, que Literatura universal y literatura europea fue concebida para purificar aquella segunda mácula, por la que se vio despojado de su carta de ciudadanía, y, con ella, de la posibilidad de rendir culto espiritual a la cultura que le había sustentado existencialmente, y restituirla, de ese modo, al que creía, quizá de manera algo exagerada, el justo (léase preeminente) lugar del que había sido rebajada por el trivial simulacro cultural que supuso el Tercer Imperio alemán. Klemperer buscaba así garantizarse, contra todo pronóstico, una especie de patria sustitoria en la lengua y la literatura alemanas.


Este breve ensayo literario, depositario de una prosa ágil que combina la claridad expositiva y la erudición humanística sólo con un éxito relativo, y cuya casi ausencia de aparato crítico fluidifica su lectura sin menoscabo de la pulcritud probatoria, comienza por aclarar el concepto de Weltliterature acuñado por Goethe en sus conversaciones con Eckermann, con el propósito de rastrear sus antecedentes genéticos y señalar su desarrollo histórico. Se trata, pues, de perfilar la evolución de un concepto, cuya máxima expresión se forjó en la Alemania del siglo XIX, a fin de elucidar su actual vigencia. En efecto, Klemperer cree atisbar, acertadamente a nuestro juicio, el germen de la idea de una literatura universal en aquellos supuestos ilustrados, fomentados por Voltaire en Francia y Herder en Alemania, de cosmopolitismo y racionalidad del progreso. Pero desestima su validez canónica al tratarse de una unidad de mentalidad (formalmente análoga a la unidad teórica del Renacimiento, la religiosa del Medievo o la lingüística de la Antigüedad clásica) que significa, en el fondo, una unidad aritmética y de repetición. La verdadera unidad de la literatura europea ha de ser orgánica y de variedad, y ésta fue precisamente la que se alcanzó con el romanticismo alemán.


Klemperer recurre finalmente a Eduard Stucken para apuntalar su tesis. Y así, aunque todas las entidades abstractas utilizadas para forjar la idea de literatura universal, como la de hombre, comunidad, nación, humanidad y dios sean concebidas como círculos concéntricos no autosubsistentes sino interfecundados en sus relaciones recíprocas, “el saber y el arte con que se fusionan estos cinco círculos en la totalidad del mundo son clásicos-europeos y romántico-alemanes”.

Lo que está en liza en este estudio es la posibilidad misma de un canon como prerrequisito indispensable de una literatura universal. Pero una posibilidad tal se sustenta sólo en base a una restricción operada mediante una doble sinécdoque del tipo pars pro toto que, aunque pudiera estar justificada en el siglo XIX, no encuentra validez a mediados del XX. Concebir la literatura universal como el “bullicio armónico de todos los pueblos” comporta ciertamente una clara solución de resonancias humanísticas, que termina por disolverse cuando el concepto pueblo actúa como un reactivo limitante que designa sólo a Europa, y donde aquella armonía viene decantada por el precipitado romántico de la literatura francesa y alemana, y donde, en fin, las diferencias nacionales específicas operan ahora condensadas en esa propensión a la armonización solvente de las ideas éticas y estéticas básicas que siempre ha caracterizado al enlace covalente franco-germano.


Lectura, al cabo, no recomendada para el neófito y sólo moderadamente obligada para el versado en teoría literaria.




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