"Somos a un tiempo demasiado cultos y demasiado críticos, demasiado sutiles intelectualmente y demasiado interesados por los placeres exquisitos, para aceptar cualquier especulación sobre la vida a cambio de la vida misma".

Oscar Wilde.

"En mi religión no habría ninguna doctrina exclusiva; todo sería amor, poesía y duda. La vida humana sería sagrada, porque es todo lo que tenemos, y la muerte, nuestro común denominador, una fuente de reflexión. El Ciclo de las Estaciones sería celebrado rítmicamente junto con las Siete Edades del Hombre, su Hermandad con todos los seres vivos, su gloriosa Razón, y sus sagradas Pulsiones Instintivas".

Cyril Connolly






lunes, 9 de mayo de 2011

Cioran en el centenario de su "caída en el tiempo".

Parecería, ya de entrada, un despropósito, al menos para con el homenajeado, que celebrásemos el centenario del nacimiento de un hombre que escribió una obra bajo el título Del inconveniente de haber nacido (1973), o perverso que vindiquemos de alguna manera la figura del que escribió, por lo demás, Ese maldito yo (1987). Parecería incluso atrevido, o, más aún, insolente, pretender edificación moral de un volumen llamado Breviario de podredumbre (1949) o ambicionar tónico intelectual de otro intitulado Silogismos de la amargura (1952). Pudiera parecer, en fin, de una profunda ironía glorificar al autor de Breviario de los vencidos (1993), y de un no menos profundo cinismo ensalzar el valor filosófico de El ocaso del pensamiento (1940), o acoger, sin más, en la historia de la metafísica a Adiós a la filosofía (1982). Pero hay que hacerlo: hay que celebrar, vindicar, glorificar, ensalzar y acoger la personalísima producción intelectual de Cioran. Aunque no podamos hacer mucho más, es decir, aunque no podamos, o más bien no debamos, explicarla, extractarla o analizarla.

Porque Emil Michel Cioran (Răşinari, 1911-Paris, 1995) es, en efecto, el mejor exégeta de sí mismo; cualquier glosa desprestigiaría su reflexión lúcida, de amplio aliento especulativo, cualquier ilustración empañaría su lucida prosa, de sublime factura formal. Y es que un fondo expresamente asistemático y contradictorio, y una forma impresa aforística y paradojal han propiciado una profunda dificultad hermenéutica en el intento de clasificación de este pensador atípico. El taxonomista que trata de establecer si estamos ante un filósofo cuya elocuente voluntad de estilo le sitúa entre los mejores prosistas de su época o, tal vez, ante un poeta de infinito lirismo cuyo tema es la metafísica del no ser, establece un pseudodilema. Porque Cioran no representa ninguna de esas cosas por separado, pero sí ambas a la vez y de consuno. Sea como fuere, este filósofo rumano afincado en Paris, que algunos se afanan en considerar como pensador de baja alcurnia y otros se ufanan en proclamar como prosista de elegancia consumada, debiera ser valorado antes bien por ambos aspectos inseparablemente, como una especie de estilista filosófico o de filósofo del estilo, que sustituye “el juego de la abstracción por el juego de la expresión”, y cuya arquitectura aforística de afilados dicterios pone en solfa no sólo buena parte de los conceptos, sino también de casi todas las esperanzas que han sustentado a occidente, desembocando en un escepticismo de marchamo pesimista, cuya última expresión es una mueca irredenta de angustia metafísica.


Ciorán fue objeto de los más diversos juicios: se le tildó de nihilista maniaco-depresivo, filósofo iconoclasta, pesimista amargado, irracionalista reaccionario y amoral; objeto también de las más dispares aposiciones: calumniador del universo, dandi de la nada, heresiarca del argumento, apóstata del academicismo, y un sinfín de lindezas de este jaez. Ciertamente el pensador transilvano elevó su hastío a método, su terco rencor a estilo, la nada y el sinsentido a objeto; representando por ello un momento antitético de absoluta y rotunda negatividad en la dialéctica de las certidumbres occidentales, pero al mismo tiempo, y en igual medida, un extraordinario revulsivo para la lucidez de todo aquel que quiera pensar, al menos una vez en la vida, de forma enérgica y radical.

Considerarlo demasiado en serio resultaría a buen seguro fatídico para la fuerza necesaria a la vida, ignorarlo comportaría un embrutecimiento espiritual infausto e irreversible. La mejor, la única manera de rendir justo tributo a este coloso de las tribulaciones es, y esto vale para él más que para nadie, incoar su lectura (a intervalos espaciados pero regulares, pues su efecto, como el del veneno, depende de la dosis administrada), dejándose envolver por la cadencia de una prosa sublime y procurando situarse a la altura estimulante de su inconmensurable lucidez. Vaya, pues, una selección de fragmentos de sus mejores obras como acicate para un astuto desasosiego, y vaya también nuestros más sinceros títulos de gratitud por ese extraño logro, no siempre fructuoso, de hacernos disfrutar con una autoconsciencia lúcidamente insatisfecha.





  • De Breviario de podredumbre:

La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando de aleja de la religión el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente.


Nuestras verdades coinciden con nuestras sensaciones y nuestros problemas con nuestras actitudes.


La vida no es sino un estrépito sobre una extensión sin coordenadas, y el universo, una geometría aquejada de epilepsia.


La materia que sufre se emancipa de la gravitación, no es ya solidaria del resto del universo, se aísla del conjunto adormecido; pues el dolor, agente de separación, principio activo de individuación, niega las delicias de un destino estadístico.


Cada deseo humilla la suma de nuestras verdades y nos obliga a reconsiderar nuestras negaciones. Cada uno de nuestros deseos recrea el mundo y cada uno de nuestros pensamientos lo aniquila.


Ya no tengo parentesco con el planeta: cada instante no es más que un sufragio en la urna de mi desesperación.






  • De El ocaso del pensamiento:

Hay dos clases de filósofos: los que meditan sobre ideas y los que lo hacen sobre ellos mismos. La diferencia entre silogismo y desdicha… Para un filósofo objetivo, solamente las ideas tienen biografía; para uno subjetivo sólo la autobiografía tiene ideas. Se está predestinado a vivir próximo a las categorías o a uno mismo. En este último caso la filosofía es la meditación poética de la desdicha.


El no tener ya ilusiones es como haber servido de espejo al tocador íntimo de la vida.


La plenitud de una existencia se mide por la suma de errores almacenados, según la cantidad de ex verdades.


¡Vivir solamente encima o debajo del espíritu, en el éxtasis o en la imbecilidad! Y como la primavera de éxtasis muere en el relámpago de un instante, el oscuro crepúsculo de la imbecilidad no se termina ya nunca.


La paradoja, sonrisa formal de lo irracional.


En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a escupir y los lirios abrirían un burdel.






  • De La tentación de existir:

Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento, que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.


Medimos el valor de un individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto.


Mis convicciones son pretextos. No sucede lo mismo con mis fluctuaciones, ésas no las invento, creo en ellas, creo en ellas pese a mí. De este modo, es de buena fe y a mi pesar como os he infligido esta lección de perplejidad.


En el universo cerrado en que vive sólo escapa a la esterilidad mediante ese rebosamiento continuo que supone un juego donde el matiz adquiere dimensiones de ídolo y la química verbal logra dosificaciones inconcebibles para el arte ingenuo.


Toda idolatría del estilo parte de la creencia de que la realidad es todavía más hueca que su figuración verbal, que el acento de una idea vale más que una idea, un pretexto bien tratado más que una convicción, un giro sabiamente realizado más que una irrupción irreflexiva. Expresa una pasión de sofista. Tras una frase proporcionada, satisfecha de su equilibrio o hinchada por su sonoridad, se oculta demasiado a menudo el malestar de un espíritu incapaz de acceder por la sensación a un universo original.


El concepto empieza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.


No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza ni a la alegría, ni al pesar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… El estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse.


Para creer en la realidad de la salvación es preciso antes creer en la de la caída: todo acto religioso comienza con la percepción del infierno –materia prima de la fe-; el cielo sólo viene después, a guisa de correctivo y consuelo: un lujo, una superfetación, un accidente exigido por nuestro gusto de equilibrio y simetría. Sólo es Diablo es necesario.


¡En qué grasa, en qué pestilencia ha venido a alojarse el espíritu! Este cuerpo en el que cada poro elimina los suficientes efluvios como para apestar el espacio no es más que un conglomerado de basuras cruzado por una sangre apenas menos innoble, un tumor que desfigura la geometría del globo.


Existir es una costumbre que no desespero de adquirir.






  • De Ese maldito yo:

No deberíamos molestar a nuestros amigos más que para nuestro entierro.


Todo deseo suscita en mí un contra-deseo, de manera que, haga lo que haga, sólo cuenta para mí lo que no he hecho.


La naturaleza, buscando una fórmula que pudiera satisfacer a todo el mundo, escogió finalmente la muerte, la cual, como era de esperar no ha satisfecho a nadie.


Puesto que nuestros defectos no son meros accidentes de superficie, sino el fondo mismo de nuestra naturaleza, no podemos corregirlos sin deformarla a ella, sin pervertirla aún más.


En cuanto se eleva uno ligeramente por encima de la vida, ella se venga devolviéndonos a su nivel.


Nada me repugna tanto como la duda metódica. Dudar, de acuerdo, pero únicamente cuando me venga en gana.


El hombre va a desaparecer: esa era hasta ahora mi firme convicción. Entretanto he cambiado de opinión: el hombre debe desaparecer.


Lo que sé arruina lo que deseo.





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